El país

Carta inédita de Norita Cortiñas: "Nací de mi hijo"

Por Paula Viafora

Llegamos otra vez al 24 de marzo. Nunca es uno más. Sumado a la evocación histórica, cada año se lo vive atravesado por las circunstancias del presente. Y este será intenso y diferente. Algunos motivos y circunstancias se nos vienen colando en la realidad desde hace tiempo, agudizados en los últimos días ante tantas muestras de individualismo, desconocimiento y negación de derechos, tanta indiferencia frente al sufrimiento de los más débiles.

Cuarenta y nueve años que nos separan de aquel 1976, y la vida, en su inevitable desenlace, nos va dejando huérfanos de nuestras amadas "Madres". Esta será la primera marcha sin Norita. El 22 de marzo hubiera cumplido noventa y cinco años. Sabemos que aunque busquemos su carita pequeña, sonriente y con su infaltable pañuelo blanco en la cabeza y el verde en la muñeca, no estará en el escenario.

Pero Norita está, porque más allá de que su alma y su alegría nos acompañarán por siempre, en la Plaza de Mayo están sus cenizas, dejadas por la familia durante el verano, cerquita de un ceibo, como ella pidió.

Entonces iremos con la felicidad de llevarla como ejemplo y bandera. Su historia de transformación debe ser nuestra guía y fortaleza. De dolor enorme e infinito de perder a su hijo Gustavo, detenido y desaparecido en abril de 1977, nació una mujer nueva, que rompió los mandatos de la época, las reglas de su hogar patriarcal y salió a un mundo hostil y peligroso que ya no la asustaba, porque la necesidad de buscar a su hijo y la esperanza de encontrarlo, eran su fuerza.

Muchos años después, se sentó a escribir esta carta. No sabemos por qué quedó sin enviar ni quién era su destinatario. Pero hace un tiempo, su hijo Marcelo Cortiñas la encontró entre las cosas de su casa y eligió a la Agencia Paco Urondo para hacerla pública. A continuación transcribimos la carta completa.

Nací vestida. (1930). Se da un caso en miles de nacimientos, es estar recubierta por una membrana muy débil de grasitud blanca que simula un manto. Augura suerte. Justamente se dice que la persona que tiene suerte en su vida "nació vestida".

Los primeros años los viví en hogar humilde. Mi padre, autoritario, machista, emprendedor. Mi madre sumisa, prudente, tímida, trabajadora. La niñez la pasé sin percibir la falta de cosas que otros niños tenían. Me gustaba jugar, principalmente a la mamá, tener muñecas (que las tuve).

No me gustaba leer ni estar pasiva, en mis juegos siempre mandaba, mi madre me solía llamar capataza. Era inquieta, extrovertida, graciosa (dicen), pero tenía los límites impuestos por los mayores.

La escuela la pasé sin pena ni gloria, era incumplidora. Las maestras me querían. En primer grado era la preferida, cuando entrábamos al aula (previa formación en el patio), mi maestra, la Señorita Juanita, me hacía pasar junto al escritorio que tenía un cajón abierto y yo tomaba un caramelo que luego me tenía que comer a escondidas. (muy jodido ¿no?). Me quedó también grabada la escena de cuarto grado cuando en la clase de "Religión y Moral", se solicitaba a las alumnas que no fueran católicas que se retiraran del aula y veía a una compañera que era turca estarse esa hora como en penitencia parada en el pasillo. No me gustaba ir al colegio y no estudiaba. Aprovechaba el hecho de que mi mamá tenía que ayudar en el trabajo a mi papá y no me sentaba nunca a realizar los deberes. ¡¡Qué de malas notas me comí!!...comprobé que este sistema no sirve.

Cuando terminé la primaria me pusieron a trabajar en el taller de numeración (rama de imprenta) de mi padre. Él consideraba que la mujer tenía que aprender un oficio ( si era el del padre mejor) y ser buena ama de casa. No aceptaba la idea de una carrera profesional. De todas maneras realicé dos años del secundario. En esa etapa, tenía 15 años, me puse de novia con mi actual marido y dejé el estudio por pedido de él. El criterio de esa época era que el marido tenía que mantener su hogar y la mujer cuidar de él y sus hijos.

Me casé a los 19 años, mi hogar fue patriarcal, mi marido machista a ultranza y celoso. En esos años empecé a sentir en mí las contradicciones que surgen de mis matrices de aprendizaje. Quería hacer otras cosas, además de mi función de ama de casa, y la herencia de sumisión de mi madre y la sociedad o el sistema que señalaba a la mujer que pretendía ser libre de elegir sus tareas, como estudiar, trabajar afuera, concurrir a cursos. En un hogar con un hombre autoritario y absorbente, no era fácil. Los impulsos para enfrentar esta situación los recibí de mi suegra, mujer extraordinaria, fuerte en sus convicciones, dulce, decidida, que me apoyó y me incitó a hacer "esas cosas" que tanto me atraían. Estudié, me recibí de profesora de alta costura ("Todo lo que no afecte la moral podes hacerlo"). Cosí y tuve alumna de costura pero siempre de manera que no se notara ningún intento de desvalorizar la figura del hombre. Estas son las tareas que hoy se consideran el "trabajo invisible" y que no entran en el mercado, son no producto. Pero eso sucede porque somos las mismas mujeres de mi época que no aprendimos a valorar esta situación. Me crié dentro de los marcos de esta sociedad de sistema capitalista, patriarcal y machista (fascista) que educa para el autoritarismo. Donde la sociedad de consumo arrasa con los ideales de la solidaridad y el individuo vive para la competencia, no la cooperación.

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Los momentos más felices de mi vida fueron el nacimiento de cada hijo y cada nieto. Gustavo nació en el 52 con mucho sufrimiento pues tenía dos vueltas de cordón. Marcelo nació en el 55. Rápido salió al mundo, rozagante. A mis hijos los crié dentro de mis matrices de aprendizaje. Fue también autoritaria pero con variables.Trataba de no quitar la autoridad mayor al padre. Yo acordaba "permisos" "sin hacer enojar a papá", nunca hacía notar cuando se cumplian mis decisiones. El manejo de la casa tenía que ser sutil. Mis hijos fueron normales, no tuvieron trastornos de conducta, pero eso no quiere decir que quizás hayan deseado otro tipo de educación. Gustavo era introvertido, Marcelo extrovertido. Hasta que secuestraron a Gustavo no me había interesado la política. Desde muy chica escuché que la política no era tema de mujeres. En mi familia no había nadie dedicado a ella. Mi mundo era la casa, la familia nuclear y los parientes. No leía los diarios, escuchaba la radio. Cuando había un golpe de Estado rápidamente salía a comprar harina, papas, leche en polvo, azúcar, para que no les faltara comida a mis hijos.

En la época del gobierno popular, desde luego se vivía una situación diferente y se hablaba un poco más de política. Había créditos para la vivienda y nosotros gracias a ello, tuvimos nuestra casa. Después, en cada dictadura se fueron cerrando los canales de información. Siento que mis hijos me parieron a mí. Recién cuando ellos fueron más grandecitos y traían de la escuela algún comentario, fui enterándome de muchas verdades de nuestra historia que yo ignoraba. Fue Gustavo, al que le gustaba mucho la historia argentina, que era investigador de ella y que me informaba que Sarmiento no era tan patriota como decían y que a Mariano Moreno lo habían asesinado porque denunciaba las tramoyas que se hacían en esa época.

Cuando Gustavo me dijo que quería entrar en la lucha política para defender la dignidad del pueblo, para ayudar a sus hermanos desprotegidos, me asusté, le dije que era peligroso. Él había tomado la determinación y tratando de que no sufriera, nos contaba muy poco de su militancia política. Dedicaba su tiempo, su salario, su honestidad para sus hermanos de los barrios humildes. Quería que todos tuvieran lo que él poseía: techo-estudio-comida-trabajo.

En abril de 1977 mi vida cambió.

Morí y nací. Morí,sí. Sentí que me moría. Nací de mi hijo. Recuerdo que me encerré en el auto con las ventanas cerradas y el motor prendido, me senté en el asiento a pensar, creo que inconscientemente quería morir. Primero no entendía nada, ¿por qué se lo habían llevado a Gustavo? Él no hacía nada, ningún mal a nadie, daba todo de sí. Había optado por los pobres, despojándose de todo egoísmo. ¿Por qué?¿Por qué se lo habían llevado? Después, mucho después supe que para implantar un sistema económico totalitariamente, tenían que silenciar a todo el que pensara, que sintiera, que quisiera un cambio, que defendiese la dignidad del hombre.

Desde ese momento decidí salir a buscarlo. Fui como una fiera que le sacan el cachorro. Sigo sintiendo el mismo efecto interior hoy también.Lo que cambia es la lucha, antes fue visceral y hoy tiene que ser racional. Desde ese momento se rompieron las matrices de aprendizaje, cambiaron los roles. No fui ya el ama de casa, no me importaban los valores materiales.

Me iba de casa a la madrugada y volvía muchas veces a la otra madrugada. No tuve en cuenta más los valores que la sociedad y el sistema me habían mostrado. Todo era mentira, se me fueron cayendo los velos. No permitía más críticas ni dudas sobre el valor de la mujer. Aprendí política en la calle, enfrentando la dictadura más sangrienta que tuvo nuestro país, y escuchando a los políticos cómplices que nos palmeaban el hombro consolándonos.

Sabía que había muchos más como Gustavo y comprobé que otras mujeres habían tenido que hacer ese cambio como yo. Aprendí que era un grupo cuando la tarea es común. Y si no enloquecí ( es lo que nos tenían reservado los represores) es porque decidí salir a la calle a gritar la injusticia, el dolor. Por eso ya no vuelvo atrás y de esa vida pasada tengo el recuerdo. Hermoso porque he pasado momentos muy felices con toda mi familia. Hoy tengo la presencia de Gustavo cuando nos reunimos. Disfruto la familia. Comparto con ellos también momentos lindos, aunque adentro la herida sangra. Sé que no voy a volver a ser como era, ignorante del mundo que me rodeaba.

Hice camino al andar, seguiré luchando hasta conseguir la respuesta: saber que pasó con cada uno de los detenidos desaparecidos. Que estén en la cárcel todos los culpables de la represión infame. Sean restituidos los niños secuestrados a sus legítimas familias, estén en libertad los presos políticos heredados de la dictadura militar. Que se desmantele el aparato represivo y ampliar el camino para que los que luchemos por nuestro pueblo, logremos la libertad, la justicia, la independencia económica y la igualdad de derechos para todos.

Reconocemos la esencia de Norita en cada frase, porque la vimos actuar conforme a estos pensamientos que un día decidió volcar al papel.

"Nací de mi hijo", en estas palabras ella resume toda su lucha. Ese quiebre que se produce en ella con la desaparición de Gustavo y esa búsqueda incansable que duró el resto de su vida, la transformaron en una mujer nueva, más valiente y con más convicciones. Nada ni nadie la apartó del camino. Es nuestro compromiso continuar por ella, se lo debemos. Con Norita en el corazón, seguiremos marchando.

Fuente: APU