Una autocrÃtica necesaria en la izquierda
Por Marcelo Colussi
¿Qué estamos haciendo mal en la izquierda? Remarquemos que está dicho en primera persona plural; es decir: me incluyo, soy parte del "nosotros". Lo presento asà porque existe cierta tendencia a decir "la izquierda" no sabe por dónde ir, "la izquierda" está algo perdida y sin rumbo, expresándolo en tercera persona, lo cual excluye de la enunciación a quien lo enuncia. ¡Garrafal error! Si eso sucede -el que quizá estemos perdidos, sin un norte claro, sin propuestas convincentes que impacten en la gente- no es cuestión de "otros", lo cual nos eximirÃa de la autocrÃtica. Todas y todos quienes nos asumimos como gente de izquierda -más allá del debate que esa caracterización deba abrir: ¿qué significa hoy ser de izquierda?- estamos forzosamente incluidos en esta ¿debacle? que vivimos en el campo popular y en sus expresiones de lucha.
Hay que reconocer -tonto, o suicida, serÃa no hacerlo- que desde la desintegración del campo socialista europeo y la caÃda de la Unión Soviética, las izquierdas del mundo quedamos algo, o muy, huérfanas. Esto no significa un inmediato y mecánico ensalzamiento de lo que en el primer Estado obrero y campesino se fue gestando. Sin dudas el capitalismo de Estado que allà se erigió abre muchas interrogantes, muchas necesarias revisiones y autocrÃticas. No para quedarse con la simplista -y peligrosa- lectura que identifica esa experiencia con un fracaso (y que Stalin fue igual que Hitler), tal como lo pretende la derecha (o incluso cierta izquierda). Si en las distintas revoluciones socialistas habidas en la historia del siglo XX, muy pocas por cierto, siempre se repitió este retorno a modelos capitalistas, con burocracias que se fueron constituyendo en nuevas virtuales clases sociales separadas de la clase trabajadora -más allá de un discurso supuestamente revolucionario, pero anquilosado y manualesco en definitiva, sin aportar nada nuevo en la construcción de alternativas emancipadoras-, si siempre se dieron, en mayor o menor medida, esos procesos de recaÃda en prácticas corruptas y deslumbramiento, más o menos escondidos, o no, por los logros de la empresa privada y sus oropeles, ello debe abrir un sano debate. No para negar las posibilidades de una sociedad post capitalista, sino para preguntarse muy autocrÃticamente -y con metodologÃa de análisis cientÃfico, no cayendo en voluntarismos moralizantes- por las dificultades de construir realmente algo nuevo.
Construir cosas novedosas en términos sociales-culturales es algo insufriblemente lento, complejo, plagado de inconvenientes. "Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio", decÃa Einstein. Sabias palabras. Tomar el poder polÃtico del Estado, sacar a los gobernantes de turno, y junto a ello echar a patadas (quizá literales) a la otrora clase dirigente, es difÃcil. Quizá dificilÃsimo; la experiencia muestra que eso se torna cada vez más complicado. Pero si ello vuelve a suceder, como ya pasó varias veces en el siglo XX (y como debemos seguir intentando, pues buscar eso es ser de izquierda), la posterior edificación de una sociedad nueva (socialista) es infinitamente más complicado. Ahà empieza el gran desafÃo.
II
En Cuba un ingeniero en fÃsica nuclear gana unos pocos dólares al mes, y quizá tiene un mejor ingreso -medido en billetes- como mesero o conductor de taxi -por las propinas recibidas- que ejerciendo su profesión. Y, consternado, ve cómo un profesional similar, en otras latitudes gana fortunas -quizá 1.000 veces más- comparado con su magro ingreso. ¿Fracaso del socialismo, o ello impone otra lectura mucho más profunda, más crÃtica? Si seguimos pensando que el otro ingeniero "está mejor" -lo cual, en cierta mirada, es cierto, ¡pero medido en billetes!, claro- ello nos alerta que llevamos los valores capitalistas incrustados hasta el núcleo de las células. Asà como llevamos incrustado, todo el mundo, hombres y mujeres, el patriarcado, el racismo, el autoritarismo, el adultocentrismo, y en Latinoamérica el eurocentrismo, el malinchismo, por mencionar algunas que otras preciosuras que pueblan la vida humana.
Con esto queremos significar que los cambios reales, profundos, que modifican sustancialmente lo que somos, es decir: transformaciones que tocan nuestra fibra más profunda, son procesos complejÃsimos y larguÃsimos. El capitalismo fue un modo de producción revolucionario comparado con el feudalismo medieval de Europa, pero en su acumulación originaria hubo mucho esclavismo, expresión de un modo de producción supuestamente ya superado (población africana negra llevada encadenada a Estados Unidos en los macabros barcos negreros, por ejemplo; o población esclavizada en los campos de concentración y exterminio nazi, que trabajaba como esclava para la industria bélica del Tercer Reich... ¡y para grandes empresas teutonas como Krupp, Bayer o Siemens!) Es decir: aunque el capitalismo se impuso violentamente en el mundo cortándole la cabeza a la nobleza francesa, siglos después aún conviven en los primeros -e industrializados- paÃses desarrollados, formas antiquÃsimas. La "culta y refinada" Europa -hoy furgón de cola de Estados Unidos y crecientemente empobrecida-, cuna del capitalismo por excelencia, presenta en pleno siglo XXI rémoras de un pasado milenario, con parásitas monarquÃas de "sangre azul" (sic) y manteniendo colonias como en el siglo XVI, al igual que el ultra tecnificado y capitalista Japón, que aun siendo una de las economÃas más prósperas del planeta sigue adorando a un emperador considerado puente con las deidades celestiales, mientras que la Iglesia católica aún expulsa el demonio del cuerpo de "poseÃdos por Lucifer" a través de exorcismos, como en plena Edad Media (la Inquisición no ha muerto), y en las petromonarquÃas musulmanas, muchas de ellas con acumulación de capital similar o superior a muchas potencias europeas y con obras de ingenierÃa que parecen del futuro, se sigue considerando a las mujeres como seres inferiores, resabio de tiempos pasados que no parecen terminar nunca, retrotrayéndonos a siglos atrás. Por su parte, en Latinoamérica, en la profundidad de muchas fincas que parecen más heredades medievales que empresas agro-capitalistas modernas, persiste un virtual "derecho de pernada", remedando la figura de señor feudal medieval y las doncellas. Más aún: en el Occidente cristiano, donde ya se ha impuesto un pensamiento racional cientÃfico-técnico para resolver la subsistencia, perduran aún resabios de formas mágico-animistas, tal como la creencia que una mujer virgen pudo engendrar al hijo del dios reconocido en esa cultura (Jehová) sin la participación terrenal de un hombre. Se llega a la luna, pero al mismo tiempo se sigue creyendo en fantasmas.
Todo lo anterior quiere significar que los cambios sociales son procesos muy lentos, porque en lo nuevo siempre, irremediablemente, persiste lo viejo: "Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer", decÃa Gramsci. Esa es la dialéctica humana. Las grandes empresas capitalistas hiper desarrolladas siguen empleando mano de obra semiesclava... o esclava, como se hacÃa dos milenios atrás. Y en los paÃses que empezaron a transitar la senda socialista (Rusia, China, Cuba, etc.) persisten -¿por qué no deberÃa suceder?- los valores de la sociedad que se acaba de superar. El esperado "hombre nuevo" del socialismo es una titánica tarea que tardará muchas generaciones en aparecer. El capitalismo ya lleva alrededor de 30, o más; los primeros balbuceantes pasos del socialismo no más de 3, exagerando. La diferencia es abismal. Por eso, para una lectura simplista -quizá peligrosa- un ingeniero en fÃsica nuclear de una potencia industrial "está mejor" que el camarada cubano. Obviamente, se nos siguen filtrando los prejuicios que nos constituyen.
Del mismo modo puede decirse que los elementos arriba señalados de patriarcado, racismo y un nada admirable etcétera, es imposible que desaparezcan por un simple acto voluntario, mucho menos por decreto gubernamental. La mÃstica guevarista -importantÃsima para la militancia de izquierda, pues constituye un faro, una guÃa- debe contextualizarse: pedir superhombres es un pedido imposible. Los seres humanos -y los militantes en las izquierdas también- estamos más cerca de Homero Simpson que del Che Guevara (¡soy radicalmente el primero en reconocerlo en primera persona!); no olvidar que los jerarcas comunistas de la Nomenklatura muy rápidamente pasaron a ser exitosos empresarios capitalistas luego de bombardear el Kremlin con Yeltsin a la cabeza -igual que Pinochet hiciera en Chile con la casa presidencial-, y no incorruptibles militantes que salieron a defender las banderas revolucionarias de un mundo nuevo. No hay dudas que nos han hecho pasar de Marx a Marc's- Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos-.
III
Dicho todo esto, podemos empezar a abrir esta necesaria, imprescindible, urgente autocrÃtica que necesitamos en la izquierda. Los seres humanos que han producido cambios revolucionarios en la historia reciente -el paso a experiencias socialistas reales- son personas de carne y hueso cargadas con todos los valores y prejuicios mencionados (por eso se puede ver al ingeniero cubano como un "fracaso" del socialismo, porque se sigue pensando en términos de "éxito = billetes"). Todos y todas por igual: cuadros militantes y población en general somos cortados por la misma tijera. Quienes salen a la calle llegado un momento de insurrección popular, y la dirigencia con valores revolucionarios marxistas que puede dirigir esa marea humana, son (somos) seres falibles, llenos de tabúes y mezquindades (es más "fácil" salir a celebrar la copa del mundo con cuatro millones de personas en la calle que hacer lo mismo para quitar a un presidente estafador). Pero que seamos esos seres falibles, en absoluto impide que pueda haber cambios reales. Los cambios implican dos cosas: 1) revolucionar las relaciones de poder desplazando a la clase dominante tomando la dirección polÃtica del Estado, y 2) -sin dudas lo más difÃcil- transformar la ideologÃa que esa clase nos legó, el legado cultural, los valores con los que estamos hechos.
Reconocer esto es quizá una primera -y fundamental- autocrÃtica en la izquierda. En otros términos: saber la materia prima con que contamos para ir más allá del capitalismo. Esto significa que quienes hacemos ese cambio somos seres criados y moldeados en el capitalismo, por tanto, absolutamente cargados de sus valores. Una sostenida polÃtica pública firme, quizá estricta (el Estado es fundamental, sin dudas, la anarquÃa y la improvisación no pueden servir en esto), debe empezar a sentar las bases para la construcción de ese esperado "hombre nuevo", sabiendo que ello llevará muchÃsimo tiempo, y que no es solo cuestión de buena voluntad.
Pero la cuestión más perentoria -no pensando en cuando se pueda desplazar del poder a la actual clase dirigente y cómo generar ese nuevo sujeto, pues eso constituye un futuro incierto hoy- es ver por qué en la actualidad las izquierdas no tienen mayor relevancia, por qué sus (nuestras) propuestas parecen caer -no parecen: caen- en saco roto. Una vez más entonces: ¿qué estamos haciendo mal?
La derecha ha sabido magistralmente cómo adelantarnos en la guerra ideológica. La caÃda de la Unión Soviética más el fenomenal ataque a las propuestas de izquierda durante todo el siglo XX y el actual, llevadas a grados superlativos con la guerra mediática -nos hacen pensar lo que la clase dominante quiere que pensemos- han ido haciendo desaparecer el ideario socialista. ¿Cómo reflotarlo?
Nos encontramos ante un desafÃo enorme, monumental. ¿Perdieron vigencia las propuestas socialistas? Sin el más mÃnimo lugar a dudas: ¡no! Si sigue habiendo explotación -y no solo la económica, sino también las más que injustas asimetrÃas con el patriarcado, el racismo, con la irritante diferencia metrópoli-periferia- la lucha por un mundo más equitativo sigue siendo válida. La cuestión es que ese discurso derechizante nos ha tomado la delantera. Por cada publicación alternativa como esta que estás leyendo ahora, la corporación mediática comercial (capitalista) produjo mil veces más -o más aún- mensajes que defienden la propiedad privada. En esta enorme marea de ataque a propuestas socialistas, hecha con las más refinadas técnicas de manejo de grandes masas, se logró aplastar la idea de revolución. Al mismo tiempo, se desarmaron los sindicatos combativos y se neutralizó el pensamiento crÃtico. Cualquier atisbo de cambio, rápidamente la derecha ha sabido como frenarlo a tiempo.
El panorama se muestra sombrÃo; pareciera que los caminos para el cambio están cerrados. Ello lleva a preguntarnos, sin dudas con un grado de angustia: ¿por dónde seguir entonces? ¿Lo estamos haciendo mal?
Sin exculpar los errores que pueda haber habido en la historia del socialismo -y, por cierto, los hubo- una actitud de golpearse el pecho no sirve, no nos lleva muy lejos. La autocrÃtica no es autoflagelación.
IV
Lo que está claro es que una actitud de crÃtica social, contestataria, de visión anticapitalista y de insurrecta rebeldÃa generalizada, tal como hubo tiempo atrás, ya no existe. La población en su conjunto, pero fundamentalmente la juventud, fue siendo llevada a una cultura digital donde la pantalla lo dice todo. Y lo dice de tal modo, que logra infinitamente más la atención un/una influencer con un mensaje banal que una propuesta combativa bien estructurada. Nos preparan cada vez más para ser Homeros Simpson acrÃticos, consumistas y anestesiados.
¿Tendremos que utilizar las mismas armas del sistema? Es decir: ¿mentir, manipular, tergiversar, mandar bombas ideológicas estigmatizantes, preparar para el adormecimiento y la estupidización? Por supuesto que no, radicalmente no. La derecha las usa sin la más mÃnima vergüenza; pero ello no nos autoriza a caer en esas falacias, esos manejos tan cuestionables. La ética de las izquierdas no puede ir por allÃ. El gran problema que se nos plantea es cómo difundir nuestras ideas, cómo motivar el pensamiento crÃtico. Eso es lo que, justamente, el gran capital se ha cuidado muy bien de aplastar. Mueve infinitamente más gente una estrella deportiva, un telepredicador o algún determinado personaje mediático que un mensaje de denuncia polÃtico-social. ¿Nos estamos equivocando nosotros, como izquierda, o son despiadadamente más maléficos en la derecha y nos han tomado mucha ventaja?
Esperar a que las contradicciones del sistema se agudicen a tal punto que ellas hagan surgir espontáneamente un proceso transformador, es una quimera. Los pueblos pueden estar hartos, desilusionados, reprimidos, pero por falta de un proyecto de cambio concreto, las explosiones populares espontáneas no logran mucho. En el 2019, un año antes que se cerrara el mundo a causa de la pandemia de Covid-19, el planeta todo ardÃa en protestas por doquier contra las pésimas condiciones de vida: paÃses de Latinoamérica, Europa, Medio Oriente, norte de Ãfrica se vieron convulsionados con enormes masas humanas en masivas manifestaciones. Pero ninguna de ellas llegó a un cambio revolucionario. ¿Por qué? Porque en ningún caso hubo planteos de izquierda convincentes que pudieran encausar esas luchas espontáneas hacia la construcción de alternativas socialistas.
"Sin una organización dirigente, la energÃa de las masas se disiparÃa, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. (...) Exponer a los oprimidos la verdad sobre la situación es abrirles el camino de la revolución", señalaba Trotsky. Sin dudas, no se equivocaba.
¿Dónde se encuentra el error que estamos cometiendo desde la izquierda? ¿El vanguardismo, el fraccionamiento continuo? Estas dos situaciones no son patrimonio de las izquierdas: son tendencias humanas que se encuentran por todos lados. La idea de sentirse "la vanguardia esclarecida" se da en las distintas construcciones humanas. El egoÃsmo no se inventó en la izquierda, y en las formulaciones polÃticas de la derecha eso es el pan nuestro de cada dÃa. Otro tanto sucede con la fragmentación perpetua: es cierto que es muy difÃcil lograr la unidad de todas las fuerzas que se dicen de izquierda. Quizá imposible: cada una se siente dueña de una verdad incuestionable, asentada en su propio feudo inexpugnable. Pero ¿no sucede lo mismo en la derecha? Sucede que allÃ, ante la alarma de las expropiaciones, la clase se cierra monolÃticamente. Solo allÃ. Si no, si no es por ese espÃritu de competencia y rivalidad que marca la dinámica social, ¿cómo explicar las guerras entonces? La fragmentación y el sentirse omnipotentemente "lo máximo" anidan en los humanos. Pensar que ser de izquierda es un antÃdoto infalible a todo esto -la experiencia lo muestra en modo palmario- es apelar a un voluntarismo que desconoce la verdadera condición humana. Las ciencias sociales crÃticas (psicoanálisis, sociologÃa, semiótica) deben alertarnos sobre ello.
A modo de conclusión
• No hay duda que hoy el ideario transformador del socialismo no se está difundiendo, no está llegando a las masas. Los pueblos están más ocupados en resolver los acuciantes problemas económicos de la cotidianeidad pero, fundamentalmente, manipulados a un grado extremo por la corporación mediática.
• Las propuestas de la izquierda siguen siendo válidas, totalmente vigentes (porque la explotación nunca terminó, y porque hoy se consideran también otras contradicciones que se articulan con la económica). El problema está en cómo llevar eso a la práctica efectiva.
• Las izquierdas no encontramos claramente los caminos para fomentar la organización de las masas y su toma de conciencia, su despertar. El adormecimiento logrado por la derecha es tremendamente grande, muy profundo.
• En todos los campos (polÃtico-institucional, militar, mediático-cultural) la derecha ha tomado ventaja. Las modalidades con que podemos pasar nuestro mensaje (lucha de clases, transformación revolucionaria de la sociedad, Estado obrero-campesino, poder popular y democracia de abajo, fuerzas armadas junto al pueblo, equidad en todos los ámbitos sociales) están dificultadas por la delantera que nos va tomando el sistema. En todos los campos no tenemos la iniciativa: desde la institucionalidad capitalista las izquierdas no pueden pasar de cambios cosméticos, en la lucha ideológica los mass media nos van ganando, en lo militar, la superioridad de la derecha es apabullante. Pareciera que no hay caminos. Pero no desesperemos. Obviamente, hay que seguir buscándolos.
• Los métodos de organización y lucha polÃtica ensayados décadas atrás, ahora parecen no tener mayor efecto. La lucha sindical fue cooptada por burocracias pro-patronales, el trabajo con juventudes se dificulta muchÃsimo, dados los espejitos de colores con que se las manipula, una pintada callejera o la distribución de panfletos en espacios públicos no parece convencer a nadie. Hay que cambiar esos métodos: ¿utilizar las redes sociales? Sin dudas, eso se hace, pero el peso de la banalidad -genialmente controlada por los poderes- es abrumador, y los mensajes alternativos no calan todo lo que desearÃamos.
• Por otro lado, la movilización popular debe seguir siendo en la calle, en la realidad fÃsica, no en el espacio virtual. El desinterés y la apatÃa son lo dominante, y si bien, a veces, hay grandes concentraciones populares, no se encuentran las formas para transformar ese creciente malestar en acciones transformadoras.
• Quedarse con la idea autoflagelante que "lo estamos haciendo mal" sin proponer alternativas concretas, no pasa de discurso moralista, con un barniz casi religioso. ¿Alguien sabe entonces cómo "hacerlo bien"?
• Definitivamente los tiempos actuales no son de avance revolucionario. De aquà que, en muchas latitudes, puedan imponerse en las urnas gobiernos de ultraderecha con el alegre beneplácito de amplias mayorÃas. No es que los pueblos se volvieron locos ni sean tontos; todo eso es un sÃntoma de la época. La terrible propaganda anticomunista de décadas durante la Guerra FrÃa, la crisis del sistema en su conjunto, los efectos del individualismo sin par de las polÃticas neoliberales de los últimos años, el clima de derechización creciente que se ha ido fomentando, el desánimo que trajo la desintegración del campo socialista europeo, todo eso combinado nos obstaculiza los caminos. Pero no debemos quedarnos con la idea, casi el autorreproche, que "lo hacemos mal". Construir alternativas reales al capitalismo es cada vez más difÃcil, pero no imposible. Si los tiempos que corren son de reflujo en las luchas populares, no desesperemos. Nada es eterno. El capitalismo, tampoco.
Fuente: Prensa Comunitaria